
Cierto, las huelgas generales derrocaron gobiernos y
sistemas en el pasado, pero fue en el pasado. Hoy, y tan solo en los países
menos desarrollados, suelen servir para
eso, pero en las sociedades avanzadas la cosa no esta tan clara. La huelga
general viene a ser como la puesta en escena de un descontento generalizado y
que se vale del paro masivo para llamar la atención sobre una serie de
problemas. Los sindicatos han de replantearse el uso masivo de este tipo de
lucha, porque estas huelgas han devenido en ser una especie de acto
institucional, llevado a cabo por los sindicatos, que la población trabajadora,
sustento básico de este tipo de convocatoria, vienen a percibir como poco
productiva en función de los objetivos que se quieren conseguir. No hablo de
las manifestaciones con ocasión de una huelga general sino de la propia huelga.
Al final, como en tantas otras cosas de la vida en las que
nos jugamos decisiones trascendentes la
cuestión reside en la contraposición de miedos. El miedo surge cuando hay dudas sobre la
seguridad a la que todo animal, incluido los humanos, aspira. En una huelga, en
una lucha social, dos miedos entra en escena; Los privilegiados tienen miedo de
sufrir un retroceso en sus condiciones de vida, mejor, en sus privilegios y posición
dominante. Del otro, y en el caso de una huelga general, acto extremo, se tiene
miedo a perder recursos y perder el empleo. Tendríamos que preguntarnos si
nuestros antagonistas sienten temor ante una convocatoria de huelga,
estrictamente huelga, como la que hemos tenido. Yo no creo que sientan miedo
ante una huelga general, tienen, como suele decirse, la sartén por el mango.
Los empresarios y las clases privilegiadas acumulan hoy muchas más armas que
hace treinta años. La puntilla a lo viejo la ha dado una reforma laboral que
hace esclavos al conjunto de los trabajadores a cambio de un muy limitado
salario.
Vistas así las cosas, habrá que repensar las posibilidades de
lucha existentes. La segunda mitad del siglo veinte se caracterizó por un gran
pacto social impulsado, en esa ocasión, por los cristianos demócratas. Había
miedo, existía el temor de la propagación de las ideas revolucionarias
imperantes en el este europeo. En ese miedo de las elites dirigentes cobró
forma el estado social. La quiebra escalonada de la sociedad del bienestar en
los últimos treinta años, desde la caída del muro, ha alcanzado su máxima
expresión con la crisis económica provocada y las consiguientes medidas de
austeridad.
Mucho me temo que con la crisis no solo ha desaparecido la
sociedad del bienestar como concepto sino que también ha desaparecido, por el
momento, las masas trabajadoras como único ariete
de lucha y cambio aunque siga vigente su función como agente de protesta unidos
a otros colectivos. La precariedad maniata a los trabajadores que a la hora de
movilizarse en torno a la huelga general sopesan su situación. Casi seis
millones de parados constituye un formidable ejército de recambio cuando
existen represalias y estas, desgraciadamente, existen. No podemos proyectar sobre este colectivo (los
trabajadores precarios y de pequeñas empresas) la responsabilidad de que una
movilización sea exitosa o no. Volvemos con todas sus consecuencias, en cuanto
a la dialéctica de clases, al principio del Siglo XX, así lo avalan las
condiciones objetivas, entre las que
sobresalen, los desequilibrios a favor de las élites, la proletarización de las
clases medias y las nuevas situaciones de dominio.
El nuevo marco
plantea no pocos interrogantes que habrán de resolverse. Entre ellas, el papel seguido
por los partidos socialdemócratas y la revisión de una trayectoria en las que han sido factor coadyuvante en la
implantación del liberalismo más descarnado , la conversión de los sindicatos
en plataformas que también defiendan a los no asalariados, la articulación de
los colectivos que luchan por una sociedad más justa (Lo que Toni Negri
denomina la multitud de los pobres) y por último, la función de las vanguardias
y su responsabilidad en restablecer el equilibrio en lo que he denominado el
marco del miedo. Un nuevo tiempo se cierne sobre nosotros. Sin respeto – solo
el miedo puede restituirlo - la negociación es imposible y la primera tarea
será recobrar, sin falsos diálogos, ese respeto, ese reconocimiento por parte
de las elites del otro (nosotros). Sólo así nos valdría el imperante marco democrático liberal que
las clases dominantes vienen quebrando desde la caída del primer bloque del
Muro de Berlín.
"Los hombres luchan y pierden la batalla, y aquello por lo que peleaban llega, pese a
su derrota, y luego ya no parece ser lo que creían, y otros hombres deben luchar por
lo que creen, bajo otro nombre."
WilliamMorris
(Prefacio de Imperio de Toni Negri y Michael Hardt. Edición de Harvard University Press)