Quedo atrás un largo periplo por zonas de combate de África, Asia y Europa, meses sin saber de él, perdido entre la guerrilla eritrea y aislado en zonas y situaciones en las que tuvo que combatir con las armas en sus manos para poder salvar la vida.
Todas estas vivencias, marcaron sin duda su carácter. Arturo Pérez Reverte es, para mí una persona inclasificable desde el punto de vista ideológico. A poco que se investigue un poco y ante la falta de estudios que intenten averiguar lo que el no quiere manifestar, cualquier integrante de un movimiento ideológico, sea de derecha o de izquierda, tendría suficientes razones para odiarlo por lo que dice y escribe.
Se ha dicho de todo; Pérez Reverte es fascista, es anarquista, es un liberal, es un quevediano etc. Amigo de Saramago y Marías es, sin embargo, una persona a la que resulta difícil de encajar en algunos de los arquetipos al uso. Pocos escritores españoles pueden haber que se hayan manifestado con la crudeza que el lo ha hecho en relación con nuestra historia y sus protagonistas, desde los Reyes Católicos hasta aquí. Su amargura por lo acontecido a este pueblo durante siglos, y que atribuye a la influencia de la Iglesia, a la monarquía, los poderosos, políticos y chupatintas (sic) es una constante cada vez que se accede a su novelística o se leen sus artículos. Forma parte de esa presencia desde Quevedo pasando por Espronceda, Larra y el mismo. Sí, las moscas cojoneras de los literatos españoles encargados de repartir estopa a diestra y siniestra.

No quiero justificar y buscar coartadas ideológicas que puedan salvar mi pellejo por ser un admirador de su obra y de algunas, solo algunas, manifestaciones con las que suele juzgar, severamente, a la clase política española, la debilidad del estado y la ñoñería en la que habitualmente se mueve nuestra sociedad. Las cosas son así y punto.
Siempre en Diciembre y en fechas previas a la Navidad, solemos acercarnos a Madrid y después de comer vamos a tomar un café y una porción de tarta. Allí entre las estufas, en la terraza del Café de Oriente en Madrid hace un año mi chico abandonó la mesa para ir al baño y entró en el café. Sabedor de mi admiración por el escritor vino de prisa y me comentó que el académico estaba allí, dentro, en animada tertulia. Mi primer impulso fue el de levantarme e ir a saludarle. Luego, pensé que debería ser algo más lógico y que lo que posiblemente podría pasar es que el admirado me despachara de modo displicente con cualquier socarronería o con una frase cortante. Algo que suele ser habitual según manifiestan algunos.
Pasé del gesto y me quede allí sentado. Al fin y al cabo, lo importante para mí de Pérez Reverte es lo que escribe, y no tanto su presencia física o su ideología, máxime cuando en su obra es el hombre el centro, y siempre en el medio de situaciones casi extremas (siempre Camús, en este caso El Extranjero).
Pérez Reverte publica nueva obra según he podido leer en el semanal de El País. Nuevamente vuelve a Cádiz con una novela, la mas voluminosa hasta ahora, sobre la Guerra de la Independencia. Que recuerde, es la tercera vez que vuelve a Cádiz, lo hizo con la Carta Esférica, con Cabo Trafalgar y ahora, con esta última, El Asedio. En ella, advierte, la ciudad no sale bien parada, no es un canto a la ciudad dice. Su trama, Una ciudad sitiada, asesinatos en serie, un corsario chiclanero, un jefe de policía torturador (el mas apreciado por él), un contrabandista, agentes secretos y el diputado Mexía Lequerica entre otros. Así, a priori, me parece que es demasiado el parecido con Patrick O´Brian y su formidable saga del capitán Jack Aubrey y la fragata Surprise (Editorial Edhasa).

De las novelas, La Carta Esférica es por la que más devoción siento, recientemente he comprado mi tercera Carta Esférica, las dos anteriores fueron prestadas, no se a quien, y no volvieron. Recorrí, suelo recorrer, los escenarios madrileños (Museo Naval) y gaditanos; El Observatorio de San Fernando, el antiguo Colegio de Guardiamarinas en Cádiz en el barrio del Pópulo donde se hallaba el antiguo Castillo de la Villa, la búsqueda del dichoso meridiano a partir del cual se debería de localizar el pecio del Dei Gloria hundido frente al Cabo de Palos en el Mediterráneo, el Hotel de Francia y París en la Plaza de San Francisco. Sentir y oler a sus protagonistas Tánger Soto, el desahuciado capitán Coy, un vaso de Bombay Azul, a palo seco, por supuesto. Palermo, Kiskoros y toda esa pléyade de habituales en las novelas de Pérez Reverte. Son los mismos, en distintas épocas y con distintos trajes. Todos ellos sufridos, escépticos, incluso cínicos. Todos ellos sabedores de que la lógica de la condición humana, a pesar de los esfuerzos realizados por nosotros y los que nos precedieron en el noble intento de crear un mundo mas justo y honesto ahí permanece, enseñando los dientes cada día.
Así lo veo yo, Pérez Reverte nos dice, una y otra vez, como somos en nuestra versión más negra. El no cambia las cosas, ni se siente llamado a cambiarlas. Es su opción. A cada cual le corresponde a la vista del cuadro que aprecia -El Pintor de Batallas, otra excelente narración- actuar en consecuencia.














